viernes, 8 de mayo de 2026

A. F1-ANIVERSARIO: Gilles Villeneuve, el hombre que el destino no quiso que fuera campeón..

Para los ferraristas –y muchos seguidores de la F1– Ayrton Senna fue el campeón que la 'parca' no quiso que llegara a Maranello y Gilles Villeneuve, el hombre que tenía que ser campeón con la Scuderia y el destino dispuso otra cosa.

Dos pilotos radicalmente distintos en muchos aspectos, pero dos auténticos ‘killers’, que lo daban todo por ganar. Gilles quedará en los anales como, posiblemente, el último de los ‘caballeros del riesgo’, capaces de arriesgarlo todo por la victoria. Espectacular, funambulista… casi le sobraba el pedal del acelerador si este estaba bloqueado a pleno gas y el pedal del freno era poco más que un incordio. Lo suyo era casi ‘drifting’ en un Gran Premio.

Gilles no llegó a campeón. El destino se cruzó en su camino en el GP de Bélgica de 1982, en Zolder, tal día como hoy hace 44 años. Aceleró a fondo en busca de la pole sin darse cuenta de que Jochen Mass estaba justo delante suyo, lo alcanzó, las ruedas de los dos coches ‘engranaron’ y el Ferrari salió volando por los aires, cayó casi de punta… perdió la parte delantera del coche mientras que el piloto quedaba sostenido por los cinturones de seguridad detrás. El destino había decidido.  Curioso, este accidente mortal no se entiende sin el GP de San Marino disputado en Imola –otra vez Imola– dos semanas antes, cuando Gilles se sintió traicionado por su compañero Didier Pironi. Quizás por ello quería la pole de Zolder, donde tenía a Pironi por delante.

La rivalidad entre ambos había comenzado el año anterior. Pero fue en Imola del 82 cuando llegó al máximo. A falta de unas quince vueltas, el abandono de René Arnoux dejó a Villeneuve como líder delante de Pironi y desde boxes, a través de la pizarra, llegó la orden de 'reducir la velocidad' a ambos pilotos de Ferrari; el V6 turbo de la época era frágil y entre los dos pilotos no llevaban sumado más que un punto, de Pironi. El canadiense interpretó la orden como “mantengan sus posiciones”… y Pironi aprovechó la oportunidad. Superó a un Villeneuve que seguía confiando en que la orden le otorgaba la victoria y que Didier, simplemente, quería ofrecer espectáculo antes de devolverle la plaza. Pero el francés quería ganar, no redujo su velocidad y entró en meta como ganador. Villeneuve se prometió no hablar nunca más con él.

Sin embargo, Pironi adelantó a Villeneuve dos vueltas después. Convencido de que el francés estaba montando un espectáculo para el público, Villeneuve no se preocupó y pensó que Pironi le dejaría recuperar el liderato. Pero Pironi no redujo la velocidad y le 'robó' la victoria a Villeneuve. Gilles juró no volver a hablarle jamás.

El enfado de Villeneuve era doble. Pudo haber sido campeón en 1979, pero en Ferrari apostaron por Jody Scheckter, recién fichado por la Scuderia, frente a él, que ya llevaba un año. Él, pese a ser un killer, respetó la decisión del equipo.

Gilles tocó la fibra de los tifosi, de todos los que amaban la F1. De hecho, tocó la del propio Enzo Ferrari, que vio reflejadas en él todas las cualidades que quería de sus pilotos.

Ferrari se prendó de él cuando Gilles debutó en Brands Hatch con un McLaren del año anterior. Fue James Hunt quien medió para esta oportunidad en el GP de Gran Bretaña de 1977. En el siguiente GP, Alemania, Lauda tuvo su espectacular accidente en Nürburgring y el propio Enzo no dudó en elegirle como sustituto. La asociación Ferrari-Villeneuve fue la de un matrimonio de por vida… sin sospechar que las palabras del oficiante de la ceremonia, “hasta que la muerte os separe”, iban a resultar proféticas.

A lo largo de su carrera, Villeneuve proporcionó imágenes icónicas. La más recordada, en Zandvoort, cuando su neumático trasero izquierdo reventó tras pasar los boxes y dio la vuelta completa a pista para entrar en boxes a buena velocidad, para cambiar gomas… pero la suspensión estaba dañada.

O la batalla en Dijon rueda a rueda con René Arnoux, en la que los coches se tocaron varias veces. O la vez que en Canadá rompió el morro y el alerón quedó en posición casi vertical, limitando la ya de por sí escasa visibilidad porque llovía; supo mantenerse en pista y cuando el ala se desprendió, todavía fue capaz de acabar la carrera en plaza de podio.

También el accidente de Monte Fuji –1977–, donde tocó por detrás al Tyrrell de Peterson y salió volando, aterrizando tras las protecciones, en una zona prohibida al público pero donde estaban un fotógrafo y un comisario, que fallecieron.

Son hitos que marcan la leyenda de uno de los pilotos posiblemente con más talento de la historia, todo corazón y pasión, uno de los que más arriesgaron en pista, si no el que más. Hoy, todo esto nos parece absolutamente imposible. Las reglas no lo harían posible.

Desde entonces, en Ferrari no han vuelto a tener una pareja de pilotos en lucha fratricida entre ellos. Han atajado el peligro en cuanto se ha presentado y en muchas ocasiones han impuesto claramente quién era el Nº1 y el Nº2 si la pista no tomaba la decisión.

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